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Fragmentos de Gina Collins

 

¿En que lugar del cuerpo adversario debo buscar mi verdad?

 

Este verso en forma de fulgor, proveniente de Roland Barthes, sirve de espolón al viaje de la córnea y  a que ésta se deshaga en el fragor del camino. Y es que la lente de Georgina Collins supone de antemano el accidente. Un hecho en el que el menos astuto de los videntes parece haberlo visto y recorrido todo desde la primera imagen: una luz que enerva la sangre, la llena de melancolía y pasión, a la vez que la vuelve resbaladiza y sin bordes.

 

Fragmentos es un ala líquida de mi memoria que busca la verdad de ese cuerpo adversario. Porque todo cuerpo, al estilo de como lo sugiere la artista, es un contrincante que hay que describir no sólo con palabras sino con una hoja de dos filos: la poesía. Y la mía (la muy pobre y desvalida) se agita al unísono de esas vidrieras hechas de carne y tela; ese gris-azul  que nada teme al  azul. El o los ángulos donde entre las piernas un pez devora la seda, y pasa de la luz de los suburbios a la entrega de la noche placentera.

 

¿De quién es ese cuerpo? ¿Quién es la bella víctima encerrada en la lente y cuyo seno es la capa donde reposa el sueño? Nadie lo sabe. Así es el arte: un ejercicio causado por Otro (a) ceñida al brasero de lo ignoto. Aún así (y tal vez por ello) nadie quiere ver ese rostro, pues todo lo demás está hecho de él por la artista.  Georgina Collins, a trote de  puño cerrado y ojo que calibra luz y sombra, plasma, abre para mí un ala de sentimiento, una mirada amarilla, una cicatriz de donde adquiero el  deseo de envolver mi cuerpo en uno de estos Fragmentos.

Si finalmente no logro nada, habré, como sea,  ascendido a esas  canteras donde el ojo y la carne zumban solas, al advertir que he sido envuelto con uno de estos hermosos destellos.

 

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